Li Chung Yoo mira desde la azotea toda ese agua colándose entre los edificios de la zona residencial en la que vive, el torrente de agua entrando violentamente por las calles y avenidas provocando caos y devastación y arrancando todo aquello que encuentra a su paso, despojando de vida a todo aquel que no ha podido refugiarse de la gran ola. Lo primero que sorprende a Li Chung Yoo es la lentitud con la que el agua supera las primeras líneas de playa, la gran masa líquida avanza en cámara lenta, con esa misma mansedumbre con la que avanzan los zombis detrás de sus víctimas, el agua entrando lentamente y arrastrándolo todo: árboles, farolas, autobuses y trozos difícilmente identificables a primera vista desde la altura de la azotea. Kioscos callejeros, coches y vagones de metro también sucumben a la fuerza descomunal del tsunami y chocan entre si en ese vaivén de caos acuático. A Li Chung Yoo le gustan las olas grandes y sobretodo cabalgar sobre ellas, ha pasado muchas mañanas y tardes esperando la ola perfecta, aunque nunca imaginó que se trataría de eso. Cada mañana, nada más levantarse, sale al balcón para escuchar el rumor del mar y sabe entonces si ese día se darán buenas condiciones para entrar en el agua con su tabla de seis pies, gracias a ese ruido vago del mar que le llega directo hasta sus oídos es capaz de afinar bastante bien las condiciones de olas y viento, esta misma mañana, antes de la llegada de la gran masa de agua, predominaba mar del noroeste de unos 2 metros, tal vez con rachas más grandes, pero no ha cogido la tabla entonces ya que hoy la punta de mar se daría por la tarde, varias horas después de la primera sacudida. Muchas mañanas y muchas tardes esperando esa ola perfecta, sentado en el extremo del malecón con la tabla preparada a su lado y contemplando ensimismado el mar y la bruma proyectada en los acantilados, los borrachos que matan la jornada en el espigón entre partidas de póker, cañas de pescar y latas de cerveza lo miran y especulan sobre ese ensimismamiento que únicamente le producen el mar y el vacío. Ahora, desde esta azotea, observa que lo único que queda de este pequeño espigón no son más que pedruscos sueltos flotando sin gobierno en ese mar de basura, escombros y objetos imposibles de identificar, y ahora es consciente de que nunca volverá a ver el mar desde ese malecón, desde ese privilegiado resquicio de paraíso. Mucha gente ha tenido que aferrarse a la última esperanza de encontrar algo que flote en ese muladar: un pedrusco arrancado del malecón, un árbol o un coche podrían valer para tratar de salvar la vida .Se trata de toda esa gente que ha corrido hasta la calle al sentir el primer temblor de tierra y poco después se ha visto sorprendida por el tsunami. Li Chung Yoo conoce los protocolos de seguridad que le obligaron a aprender desde pequeño, y por eso no dudó en correr escaleras arriba en cuanto empezó a sentir ese cosquilleo característico en los pies, esa vibración que no es perceptible por el oído humano pero si por los perros y animales dotados de un sexto sentido para la percepción de ondas sísmicas. Sabía que la zona más segura de los edificios en estos casos son las azoteas, edificios todos provistos de sistemas de seguridad contra terremotos de gran intensidad, no en vano piensa que vive en el país mejor preparado contra los terremotos, ningún temblor de tierra puede derribar este edificio, eso le dijeron los anteriores dueños del piso el día en que lo compró. Desde pequeño ya en la escuela, imaginaban terremotos y representaban, entre alarmismo simulado, los diferentes modos de actuación ante una situación como esta: primero refugiarse bajo la mesa durante los primeros temblores de tierra para protegerse de la caída indiscriminada de objetos colgados en altura, después entre réplica y réplica, correr hacia un lugar situado en alto, la azotea o el tejado son las mejores opciones. Una vez allí, esperar a que el movimiento de tierra cese y en ese momento aguardar cuanto más tiempo mejor, hasta nuevo aviso por parte de las autoridades locales. Ahora no sabe decirse cuando ha notado los primeros cosquilleos en los pies ni cuando ha empezado a alarmarse, pero mientras subía apresuradamente escaleras arriba ha empezado a ser consciente de que la ola gigante no tardaría en hacer acto de presencia; y así ha sido, nada más llegar a la azotea y dirigir su mirada hacia la playa ha visto como el mar desaparecía ante sus ojos, la cortina de agua retirándose hacia el horizonte calladamente para formar parte de un todo poderoso y destructivo. La playa vacía; en lugar de mar, arena y roca; en lugar de veleros navegando, anclados en la arena como a la espera de algo inevitable. Ya no identifica ni la playa ni esos mismos barcos, solamente una fotografía de desolación como sacada de un futuro apocalíptico que no se corresponde a esta época ni a este país, esa inclasificable negrura es lo que ha sustituido a lo que debía ser azul, los edificios escupen humo gris, algunos también negro, que se proyecta en el cielo que empieza a teñirse de ocaso. No ha pensado todavía en el paradero de su hermana pequeña Lui Yoo cuando escucha el sonido de los primeros helicópteros.